Una misionera en África

Se llama Araceli Guardeño, es madrileña y forma parte de la congregación de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia . Ha vivido 15 años y medio en Camerún y otro año y medio en el Congo, y recordar su experiencia allí aún le trae lágrimas a los ojos. Llegó como misionera y muchas ganas de darse a los demás, y lo cierto es que lo que se ha llevado de todos aquellos años es indescriptible. Prácticamente es el cariño de la gente que no tiene nada y te lo da todo, ¿Qué puede haber mejor que esto?
En la República del Congo la esperanza de vida ronda los 55 años, la luz es un lujo, y el Paludismo hace estragos. Muchas personas tienen que andar kilómetros y kilómetros para llegar a la escuela y al trabajo, y los cables de luz van por el suelo, así que es común que en los días de lluvia la gente los pise y muera electrocutada. Es una realidad que a nosotros nos resulta difícil de concebir, pero que desgraciadamente existe. “Y a pesar de todas estas necesidades básicas, del hambre…. les ves con una alegría que no es normal” reconoce Araceli llegando a la clave del asunto.

A pesar de todas estas consecuencias de la injusticia y la pobreza con las que conviven, siempre traerán una sonrisa por delante. Conservan valores que nosotros hoy hemos perdido, como la prioridad de las relaciones. “Allí te paras a hablar por la calle sin ninguna prisa, es como si todo el mundo se conociera, cuando lo cierto es que en nuestro mundo se mueven más por intereses.” Por otro lado, también sorprende su extrema solidaridad cuando no tienen las necesidades básicas cubiertas. A pesar de sus propias condiciones, el día que se enteren de que una vecina necesita cualquier cosa, harán lo posible para hacérselo llegar. Además, y por este mismo motivo, “el africano recibe a gente en su casa aunque no sea de su familia, tú puedes llegar a una de sus casas y siempre habrá una acogida” nos cuenta Araceli recordando el admirable trato que recibió siempre de toda esta gente.

Son muchos los misioneros y voluntarios que se desplazan cada año a países del Tercer Mundo para poner lo que esté de su parte para salvar las condiciones en las que allí se vive. Araceli, como una de ellas, nos cuenta que su labor era estar con la gente y compartir con ellos sus vidas. En el Congo, por ejemplo, hay una barbaridad de niños desamparados en la calle, y ellas ante este tipo de necesidades, se encargaban de abrir comedores sociales, escuelas…todo con sus propias manos y la ayuda de la gente. Por otro lado, entre todas estas ayudas, una que estaba subrayada en su agenda era la dedicación a las mujeres. Aunque no se les reconozca, son la columna vertebral de la economía de África; trabajan la tierra, hacen el comercio, sacan a su casa y a sus hijos adelante…Y a pesar de todo esto, aún no se les tiene en cuenta, y el camino hacia la igualdad que les queda por recorrer es inmenso.

Para acabar, reconoce que “África tiene algo especial. África tiene el ritmo en el cuerpo, tiene la cultura, tiene el paisaje…”. Para ellos cualquier excusa es buena para reunirse en una celebración; las danzas, los ritos y los cánticos nunca faltan. Desgraciadamente, la vida no vale nada a pesar de que la cultura africana la valora muchísimo, y cuando llega la muerte, la explicación de esta se atribuye en muchos casos a una especie de maleficio o brujería que ha caído sobre el difunto. En África no existen fronteras en el sentido de las religiones; se juntan con facilidad católicos, protestantes o musulmanes sin ningún tipo de prejuicio. Y, en África, la gente es especialmente agradecida. Por cualquier cosa que hagas por ellos, te traen un puñado de cacahuetes, te ofrecen un trozo de jabón o te hacen alguna de sus comidas. En África la gente no tiene nada pero lo tiene todo.

Esta es la historia de Araceli, una mujer aventurera que logró olvidarse por completo de su país y de la gente que conocía y se dio por completo a la pobreza de esos países. Dejó de lado un lugar en el que lo tenía todo para llegar a otro en el que las personas sonreían aunque no tuviesen nada. Allí vivió las experiencias más fuertes y aprendió desde subirse a un árbol a cambiar el aceite de un coche. Fue un día a día de supervivencia que la ha hecho más fuerte, y ha cambiado su visión de nuestro mundo para siempre. Confiesa que ahora de vez en cuando va revisando su armario para comprobar que no se llena y que solo tiene lo imprescindible, y que después de ver las pobrezas que vio, cuesta volver a nuestro mundo material y escuchar a la gente discutir por lo que en realidad son tonterías. Allí vio miseria, vio desgracia, vio enfermedades…pero si tiene otra vez la oportunidad, sin duda alguna, volverá.

Elisa Cuevas Pomar

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